TIJUANA, MAYO 25, 2020/DTJ/Fotografía AIMEE MELO.- En la cámara fotográfica suena el primer “clic” enmedio del viento (de las 15:00 horas) que levanta el polvo y queda impresa la primera gráfica. Para la historia, para las lágrimas, para el panteón número 13, para la tristeza, para la memoria de los sepultureros y para la contabilización de las 709 defunciones (cifra oficial este lunes 25).

Los dos que van al frente sujetando el ataúd, van sin cubrebocas, si acaso uno de ellos un paliacate azul con blanco que sólo le cubre la barba; los de atrás caminan pesado, uno va se trapa los labios con un improvisado cubrebocas, es negro; y el otro, una protección sencilla que de la agitación, se le ha bajado hasta el labio inferior. Sólo este lleva lentes para cubrir sus ojos. Pero todos van expuestos: pantalón de mezclilla los cuatro, sin guantes de latex porque ante la presión que hace la mano para sostener la carga, cualquier plástico termina destrozado. La conclusión de esta imagen aquí descrita: es imposible protegerse del virus, al ser un sepulturero.

Uno de ellos, con una sudadera oscura, lleva la capucha puesta, le cubre una gorra deslavada y carcomida por el sol intenso que pega fuerte en la Zona Este de Tijuana. Es el clima natural en esta región, un clima seco, caluroso, terroso, en un panteón municipal donde la retroexcavadora preparó profundos surcos para recibir los féretros, para enterrar a las víctimas de Covid.

La familia mira de lejos el paso de la caja metálica, nadie ha podido ver su contendido, pero el peso advierte que ahí viene su familiar. En este caso entierran a un padre de familia

La civilización futura volverá a sentir el dolor que muestra un ataúd envuelto en plástico, sujeto en sus cuatro extremos por un cincho de tela dura, guinda polvorienta, enrollada en los hombros de los sepultureros que han enterrado cientos de personas descansa también una terrible estadística: Tijuana es la ciudad que más muertos contabiliza proporcionalmente por densidad poblacional, en la República Mexicana.

Y una vez depositado el ataúd, de inmediato es cubierto con la tierra café rojiza del terreno. Tierra seca, arenosa, dura como la dureza de la pérdida. Los familiares observan la partida de su ser querido al que no le pudieron despedir con abrazos y miradas dulces, con palabras de amor, como se puede hacer bajo otras circunstancias. Desde que se es diagnosticado Covid-19 los seres queridos son separados, para siempre.

Suena el segundo “clic” de la cámara y queda registrada una imagen conmovedora tres personas que se abrazan, un cubrebocas negro resalta en una mujer que cierra los ojos al sentir el abrazo de sus seres amados que se juntan y de pie se mantienen con las escasas fuerzas y respirando un aire viciado por el cubrebocas que deja pasar el aire lentamente, filtrado, aire caliente, polvoso, aire de dolor profundo.

Al fondo otras personas con camiseta negra, una señora de shorts se cubre como médico con careta y mascarilla blanca, muy parecida a las que se usan en los quirófanos. El resto se le ve pensativo: ¿Qué se hace en estos casos en los que apenas si con la voz apagada no se escuchan las condolencias porque la tela del trapo que cubre la boca termina por ahogar las frases?

La profesional de la fotografía acciona nuevamente su cámara y nota que ha captado una flor. En este momento, todos creemos con respeto que el perfume, la bondad y la belleza de esta flor atraviesa la tierra, el plástico, la caja de metal, el recubrimiento para llegar al rostro del ser querido, del hombre amado que se despide sutilmente, con entereza, en la orilla de hoyo cavado, haciendo equilibro una joven con cubrebocas negro, tenis negros, pantalón negro, blusa negra deja caer la hermosa flor, como una ofrenda eternizada por esta gráfica periodística, en la que todas las demás personas ponen su atención en este simbolismo.

La imagen del Covid en el mundo es esta, no la de una esfera con salientes coronillas. Esta es la sumatoria de acontecimientos que deja en la población el Coronavirus, el que pocos registran en imágenes.

Hincada en la tierra, como nos vence la tragedia, con los pies puestos en la tierra una dama fielmente está a la cabecera de la persona que amó. Está ahí, hasta el último momento, solidaria y vencida también en ese preciso momento de entierro. Con guantes azules, cubrebocas negro, una blusa negra y pantalón del mismo color sepelio ahora se comunica con su presencia, su espiritualidad recibe todo el respeto de los ahí reunidos. No hay nada más que hacer, solo estar, permanecer el tiempo que sea necesario en ese extenso predio de panteón rodeado de accidentes de terreno, algunos arbustos que sobreviven al clima hostil.

Frente a una cruz blanca de metal, de la cual emanan rayos soldados alrededor de sus brazos, llega el consuelo… El único consuelo que todo creyente tiene para enfrentar este momento de aceptación. Al pie de esta cruz bendita, ya descansará en Paz y estará cuidado siempre, hasta el fin de los tiempos, por el Señor, promesa en la que han creído muchas generaciones.

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