Para el Banco Mundial, la globalización “es el camino para la integración de las economías y de los pueblos del mundo”. Otros promotores de esta idea son el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio, todos al servicio de las empresas transnacionales. Se trata de una estrategia diseñada por los gobiernos más ricos, buscando apropiarse de los recursos naturales y explotar la mano de obra barata de los países en desarrollo. Argumentan que la globalización permite que la información, el conocimiento y las nuevas tecnologías viajen a gran velocidad de un continente a otro, al igual que las mercancías y el dinero. Y alegan que esto es en beneficio de todos, cuando en realidad es en beneficio de una minoría.

Lo cierto es que la globalización es una ideología. Una ideología que exige que toda actividad económica quede en manos del libre mercado, de la oferta y la demanda; es decir bajo el control y dominio del capital privado. Por su parte los gobiernos deben aceptar, dicen los promotores de la globalización, que todo o casi todo, tratándose de bienes y servicios, debe ser visto como una mercancía para beneficio de los inversionistas particulares. Este es el origen de las políticas de privatización que han llegado al extremo de tratar a la educación y la salud como simples mercancías.

A consecuencia de lo anterior se ha gestado la otra globalización; aquella que tiene que ver con la pobreza masiva a lo largo y ancho del mundo, la marginación de millones de familias, los bajos salarios, el deterioro ambiental y la violencia criminal. Algunos estudiosos le llaman la otra cara de la globalización.

Hace 15 años, en una ponencia sobre este tema, hice referencia a un informe del Secretario de Desarrollo del Reino Unido donde se afirmaba que: “En la actualidad (2005), la fortuna de los 225 individuos más ricos del planeta equivale al ingreso anual del 47 por ciento de la población mundial”. Imaginemos cómo estarán las cosas en estos tiempos.
Lo que hizo la globalización con esta injusta distribución de la riqueza mundial, es verdaderamente criminal y violatorio de los derechos y libertades de millones de personas.

A pesar de todo esto, en nuestro país hay algunos representantes de organismos empresariales alentando la idea que ante la globalización de los mercados, México debe defender sus intereses económicos y ya no los “valores históricos que de nada han servido”. Estos empresarios han hecho sus fortunas evadiendo impuestos y pagando salarios de hambre, y lo que menos les importa es la historia, la cultura y los valores que nos dan identidad como mexicanos.

Después de 6 sexenios de saqueo, ahora estamos ante la oportunidad de recuperar el rumbo. En hora buena, bienvenido un gobierno nacionalista, progresista y definitivamente al lado de los que menos tienen. Por el bien de todos, primero los pobres

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