
CDMX, JULIO 23, 2026.- Caminé desde el imponente Palacio de Bellas Artes, revestido de mármol blanco —pocos lo saben—, traído desde Italia, el mismo mármol que esculpió Miguel Ángel.
—¿Me regalas una moneda? —me dijo una joven con los pelos revueltos y una estatura de 1.60 metros.
—No traigo, amiga —le dije, al meter dos dedos en la bolsita pequeña que tienen los pantalones de mezclilla que había decidido usar ese día, como millones de personas este jueves 23 de julio.
—¡Ay, perdón! Ya me di cuenta de que sí traigo «una moneda».
—¡Uy! Qué bueno…
Se le iluminó el rostro y, al instante, desmanteló la cara de sufrimiento y la pose de cuerpo triste que, en ese momento, comprendí que usaba para conseguir la compasión nacional mexicana que finalmente sí «ayuda», en este caso, a la desvalida.
—¡Oye! —le digo, animado—. ¿Qué onda, un volado?
Se queda pensativa por un segundo y luego suelta una risotada muy simpática.
—¡Noooooooo!
—¿Qué? ¿Por qué no?
Me llamaron la atención dos cosas: que estábamos platicando como grandes amigos capitalinos, en medio de la música de un organillero vestido con un uniforme caqui, como de cartero de los años 60; y dos, que sin que yo dijera en qué consistía mi propuesta de «volado», sin saber qué iba a ganar o qué iba a perder, ya me estaba diciendo que mejor «no».
—¡Noooo! Porque siempre los pierdo.
—¡Ah! Bueno, entonces no. Toma tu moneda.
La sintió en su mano y, al verla, dijo educadamente «gracias», me sonrió y se fue tan contenta, confundiéndose entre la gente que se tomaba fotos con el fondo del Palacio y un par de merengueros a los que les di la vuelta.
No por miedo a ellos, jóvenes de bronce, gritones: «¡Merengueeeeeees! ¡Lleve sus merengueeeeeees!», sino porque tienen fama, ellos sí, de no perder un solo «volado».
Llegué una hora antes al Teatro Hidalgo. Había una fila de, si acaso, 30 personas.
No llegué temprano por puntual, sino porque el Uber que me traía del aguerrido Ecatepec, donde me comí un elote con mayonesa, limón y polvo de chilito rojo —del que pica—, se hizo mi amigo al platicar y darnos cuenta de que habíamos trabajado juntos en Canal 12 de Tijuana: él, allá por 1992, y yo, después, en 1996.
Pero en la memoria teníamos los mismos amigos, las mismas anécdotas de cámaras imponentes, pesadas y costosas. Eso hizo que no me llevara por los congestionamientos, o que me paseara para ganar más por el servicio de taxi, sino que me llevara directo.
Gracias a eso, llegué desde San Pedro Xalostoc, muy cerca de San Juanico, donde en 1984 estalló la Planta de Almacenamiento de Gas perteneciente a Pemex, una verdadera tragedia nacional.
Por eso llegué tan temprano al teatro, donde el actor y dramaturgo Mario Iván Martínez interpretaría a un personaje inmortal en la obra Diario de un Loco.
Pero, durante la espera, jamás me imaginé que me encontraría con una artillería voladora de mosquitos negros, felices de vivir ahí, entre las plantas y la humedad de los charcos alimentados por las fuertes lluvias de verano.
—Ayer cayó una tromba —comentaba la gente ahí formada— y se inundó todo Indios Verdes. El agua llegó al segundo escalón del Metrobús…
—¡No la friegues! Con razón no hubo paso al vigilante del ingreso al Estado de México…
Por eso, ahí estaban ellos: los moscos de la Ciudad de México.
Han evolucionado. Se ocultan entre las sombras; sin prisa, se pegan a tu ropa y luego dan un salto a cualquier pedacito de piel al descubierto para hacer de todos los presentes, en espera de la obra, su festín sangriento.
Yo no dejé que me picaran, pero me costó la función previa: una hora moviendo manos y pies para proteger mis orejas, mi cuello, mis codos y mi cara.
Una danza ridícula contra enemigos invisibles; esa noche de eterna espera, una lucha contra el zumbido de sus alas.
Sin saberlo, yo, entre la gente que me intentaba analizar, ya estaba ensayando la obra.
Se apaga la luz.
Aparece el actor. Jamás hubiera imaginado que terminaría en calzones…
La obra es tan errática como la vida misma. No hay lógica. Hay un día, una noche, un definido amor, un problema, un delirio.
Más bien, la vida se le escapa al personaje. Ruedan las vivencias por sus dedos; aparecen aromas que se transforman en hedores.
Estamos frente a la expresión exacta de lo que la mente de cualquiera, no solo de un loco, vive cuando se queda sola, libre, frente a un público que se acongoja, se ríe por las incoherencias y llora ante la tragedia que narra el monólogo durante una hora y media de función.
Mario Iván lo entiende todo.
Se levanta inmenso y decreta:
«Soy el Rey de España.»
Nos reímos.
Luego susurra, mirando a la nada:
«Las perritas son unas chismosas.»
Y nos volvemos a reír, porque Gógol escribió en 1835 sobre perritas que se mandan cartas y nosotros, en 2026, seguimos igual.
Después viene el encierro.
«Me atrapó la Inquisición y Torquemada.»
Y ya no hay rey.
Hay un hombre pelón, cubierto apenas por un tapete, sufriendo un encierro real, extraviado por completo de sus ideas. Destruido por la soledad, por el desprecio social, por la enfermedad.
Entonces hace una pausa.
En medio de esa tragedia total, dice una frase chistosa. Una broma final, pequeña, absurda.
Y el Hidalgo entero estalla en carcajadas.
Yo también.
Y un segundo después, nos cae el golpe.
Nos estamos riendo de un hombre completamente destruido.
El humor y la tragedia se funden en un mismo instante y la risa se nos atora en la garganta.
Ahí entendí lo que dicen los críticos y lo que Gógol quiso decir desde el principio: esta no es la comedia de un hombre que enloquece. Es la tragedia de una sociedad que empuja a un hombre a la locura.
La risa final es un espejo.
El público se ríe y, un instante después, siente compasión por él y vergüenza por sí mismo.
Salí del teatro y volví a cuidarme de los moscos.
Ese contraste entre la risa y la compasión, eso que me hizo mover las manos y los pies durante una hora afuera, era lo mismo que el actor acababa de hacer con mi cabeza allá adentro, sobre las tablas de uno de los teatros más representativos de la Ciudad de México.
El clásico: Diario de un Loco.





















